No son las grasas, es el azúcar quien está causando la epidemia de obesidad

Somos, como promedio, tres veces más gordos de lo que éramos en los años 60. Y no es porque estemos comiendo más y ejercitando menos – es que sin darnos cuenta, nos hemos hecho adictos al azúcar.

 No son las grasas, es el azúcar quien está causando la epidemia de obesidad

Daniel Lambert (1770 – 1809)

Subiendo una escalera desvencijada en el Museo de las Casas Newarke en Leicester, Inglaterra, cuelga un retrato del primer hombre obeso de Gran Bretaña, pintado en 1806. Daniel Lambert pesaba 335 kilos y fue considerado una rareza médica.

Demasiado pesado para trabajar, a Lambert se le ocurrió una idea genial: cobrar a la gente un chelín por verlo. Lambert hizo una fortuna, y su retrato lo muestra, al final de su vida, rico y respetado -un hijo célebre de Leicester.

Doscientos años después, en promedio en el Reino Unido, están todos – cada hombre, mujer y niño – 19 kilos más gordos de lo que estaban a mediados de los años 60. No nos hemos dado cuenta de que esto ocurría, pero este cambio glacial ha sido trazado por asientos del coche más grandes, vestuarios de baño más grandes, pantalones XL que bajan a L (L que baja a M). Una nación elástica con un sentido cada vez mayor de normalidad.

¿Por qué estamos tan gordos? Nos hemos vuelto codiciosos como raza. No somos, en contra de lo que se suele pensar, menos activos. Un estudio de 12 años, que se inició en el 2000 en el hospital Plymouth, midió la actividad física de los niños y encontró que es la misma que hace 50 años. Pero algo ha cambiado, y ese algo es muy simple. Es el alimento que comemos. Más específicamente, la gran cantidad de azúcar en los alimentos, azúcar de la que a menudo no somos conscientes.

La historia comienza en 1971, Richard Nixon se enfrentaba a la reelección en EE UU. La guerra de Vietnam estaba amenazando su popularidad en el país, pero el gran problema con los votantes era la subida de precios de los alimentos. Si Nixon quería sobrevivir, necesitaba bajar el precio de los alimentos, y para ello necesitaba aliarse con un lobby muy poderoso -los agricultores. Nixon nombró a Earl Butz, un académico del corazón agrícola de Indiana, para lograr este compromiso. Butz, experto en agricultura, tenía un plan radical que transformaría los alimentos que comemos, y al hacerlo, modificó también la forma de la raza humana.

 No son las grasas, es el azúcar quien está causando la epidemia de obesidad

Butz empujó a los agricultores a una nueva escala de producción industrial y convirtió la agricultura en un mono cultivo: el maíz. El ganado de Estados Unidos empezó a ser engordado con maíz, por los enormes incrementos en la producción. Las hamburguesas se hicieron más grandes. Las frituras se empezaron a hacer con aceite de maíz, y se hizo más grasa, pero de mala calidad. El maíz se convirtió en el motor para el aumento masivo de cantidades de alimentos más baratos que se suministraban a los supermercados estadounidenses: a todo, desde cereales, galletas y harina, se le encontró nuevos usos para el maíz. Como resultado de las reformas de libre mercado de Butz, los agricultores estadounidenses, de la noche a la mañana, se transformaron de pequeños propietarios parroquiales a empresarios multimillonarios dentro del mercado global. Un granjero de Indiana cuenta que Estados Unidos podría haber ganado la guerra fría con sólo dejar morir de hambre a los rusos con el maíz. Pero en lugar de esto, eligieron hacer dinero.

A mediados de los años 70, se produjo un excedente de maíz. Butz viajó a Japón para estudiar una innovación científica que cambiaría todo: el desarrollo del jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF) o jarabe de glucosa-fructosa como se le llama a menudo en el Reino Unido, es extremadamente dulce, un jarabe pegajoso, producido a partir de excedentes de maíz, que también  No son las grasas, es el azúcar quien está causando la epidemia de obesidad era increíblemente barato. El JMAF se había descubierto en los años 50, pero fue sólo en los años 70 cuando se encontró un proceso para explotarlo para la producción en masa. El JMAF pronto se bombea en cada comida imaginable: pizzas, ensalada de col, carne. Daba brillo, como “recién horneado”, a panes y pasteles, hizo todo más dulce y prolongaba la vida útil de miles de productos alimenticios de días a años. Una revolución silenciosa de la cantidad de azúcar que estaba pasando a nuestro cuerpo se llevaba a cabo. En Gran Bretaña, la comida se convirtió en ciencia pura – cada miligramo procesado, ​​pellizcado y endulzado para una máxima palatabilidad. Y el público en general ni idea tenía de que estos cambios se estaban produciendo.

Había un producto en particular, los refrescos, en los que tuvo un efecto dramático. Hank Cardello, ex director de marketing de Coca-Cola, me cuenta que en 1984 la Coca-Cola en EE.UU. cambió el azúcar por el jarabe de maíz de alta fructosa (En el Reino Unido, se continuó utilizando azúcar). Como líder del mercado, la decisión de Coca-Cola envió un mensaje de apoyo al resto de la industria, que rápidamente siguieron su ejemplo. No había “ningún inconveniente” con el JMAF, dice Cardello. Era dos tercios el precio del azúcar, e incluso el riesgo de jugar con el sabor era un riesgo justificado cuando mirabas el margen, sobre todo, porque no había riesgos para la salud aparentes. En ese momento, “la obesidad no estaba ni siquiera en el radar”, dice Cardello.

Sin embargo, otro problema de salud sí estaba en el radar: las enfermedades cardíacas. Ya a mediados de los años 70, un feroz debate estaba en su apogeo tras las puertas cerradas de la academia sobre lo que las estaba causando. Un nutricionista estadounidense llamado Ancel Keys culpó a las grasas, mientras que un investigador británico de la Universidad de Londres, el profesor John Yudkin, culpó al azúcar. Pero el trabajo de Yudkin se desmintió por lo que muchos creen, como el profesor Robert Lustig, uno de los principales endocrinólogos del mundo, fue una gran campaña concertada para desacreditar a Yudkin.

Muchas de las críticas vinieron de colegas académicos, cuya investigación se alineaba más estrechamente con la dirección que la industria de alimentos tenía la intención de tomar. El colega de Yudkin en ese momento, el Dr. Richard Bruckdorfer en la UCL, dijo:

“Hubo un enorme lobby de la industria alimentaria, en particular de la industria azucarera, y Yudkin se quejaba amargamente de que estaban subvirtiendo algunas de sus ideas.”

Yudkin fue, dijo simplemente Lustig, “echado a los leones”, porque querían conseguir una gran ganancia económica al culpar a las grasas, y no al azúcar, de las enfermedades cardíacas.

La industria alimentaria tenía sus ojos puestos en la creación de un nuevo género de alimentos, algo que sabían que el público abrazaría con gran entusiasmo, creyendo que era lo mejor para su salud -“bajo en grasas”. Se creó una oportunidad de negocio inmensa forjada a partir de la catástrofe potencial de enfermedades del corazón. Pero, dice Lustig, sabían que había un gran problema:

“Cuando usted quita la grasa de una receta, la comida sabe como cartón y hay que reemplazarla con algo. Ese algo fue el azúcar”.

De la noche a la mañana, aparecieron nuevos productos en los estantes que eran demasiados “buenos” para ser verdad. Yogures bajos en grasas, pastas, incluso postres y galletas. Todos ellos bajos o sin grasas, que fueron reemplazadas por azúcares. Gran Bretaña fue uno de los adoptantes más entusiastas de lo que el escritor gastronómico Gary Taubes, autor de Cómo engordamos y que hacer al respecto, llamó “el dogma bajo en grasas”, con enorme éxito de ventas.

 No son las grasas, es el azúcar quien está causando la epidemia de obesidad

A mediados de los años 80, varios expertos en salud, como el profesor Philip James, un renombrado científico británico que fue uno de los primeros en identificar la obesidad como un problema, notaban que la gente estaba cada vez más gorda y nadie podía explicar por qué. La industria alimentaria se apresuró a señalar que las personas debían ser responsables de su propio consumo de calorías, pero incluso aquellos que hacían ejercicio y comían productos bajos en grasas aumentaban de peso. En 1966 la proporción de personas con un IMC [Índice de Masa Corporal] de más de 30 (clasificado como obeso) era sólo del 1,2% para los hombres y 1,8% para las mujeres. En 1989 las cifras habían aumentado a 10,6% para los hombres y 14.0% para las mujeres. Y nadie unía los puntos entre el JMAF, el aumento de peso y el menor consumo de grasas.

Además, había algo más en juego. Cuanto más azúcar consumíamos, más azúcar requeríamos, es decir más hambre se sentía. En la Universidad de Nueva York, el profesor Anthony Sclafani, que estudiaba el apetito y el aumento de peso, notó algo extraño en sus ratas de laboratorio. Cuando comieron alimentos para ratas, aumentaban de peso normalmente. Pero cuando comieron alimentos destinados para los estantes de supermercados, se disparó su peso en cuestión de días. Su apetito por los alimentos azucarados era insaciable: simplemente continuaban comiendo.

Según el profesor Jean-Marc Schwarz del hospital de San Francisco, que actualmente está estudiando la forma precisa en que los órganos principales del cuerpo metabolizan el azúcar, encontró lo que él llamó un “tsunami” de azúcar. El efecto que esto tiene en diferentes órganos en el cuerpo sólo ahora está siendo entendido por los científicos. Por ejemplo, alrededor del hígado, este azúcar se cristalizaba en forma de grasa, lo que conduce a enfermedades tales como la diabetes tipo 2. Otros estudios han encontrado que el azúcar puede incluso impactar en la calidad del semen y el resultado es que los hombres obesos son cada vez menos fértiles.

El órgano del cuerpo que ha acaparado mayor interés, sin embargo, es el intestino. De acuerdo con Schwarz y Sclafani, el intestino es un sistema nervioso altamente complejo. Se trata del “segundo cerebro” del cuerpo, y este segundo cerebro, al ser condicionado a querer más azúcar, envía mensajes al cerebro que son imposibles de controlar.

La Asociación del Azúcar sólo está dispuesta a señalar que el consumo de azúcar “no está vinculado a ningún estilo de vida enfermizo”. Pero la evidencia de lo contrario parece estar saliendo a la luz. En febrero, Lustig, Laura Schmidt y Claire Brindis, de la Universidad de California, escribieron un artículo de opinión para la revista Nature citando la creciente evidencia científica quedemuestra que la fructosa puede desencadenar procesos que conducen a la intoxicación hepática, además de una serie de otras enfermedades crónicas, y en marzo, el New York Times informó de un estudio que se ha publicado en la revista Circulation, que encontraron que los hombres que bebían bebidas endulzadas con mayor frecuencia fueron un 20% más propensos a tener un ataque cardíaco que aquellos que bebían menos.

David Kessler, el ex jefe de la agencia del gobierno de los EE.UU. más poderosa de alimentos, la FDA, y la persona responsable de la introducción de advertencias en las cajetillas de cigarrillos en la década de los 90, cree que el azúcar es hedonista, justo como los cigarrillos o el alcohol – su consumo brinda un “placer instantáneo”. Le da la felicidad momentánea. Cuando usted está comiendo alimentos que son altamente hedonistas, de alguna manera éstos “toman el control de su cerebro”.

Fuente original: Cooperación en Red Euro Americana para el Desarrollo Sostenible.

Anuncios

Publicado el 6 enero, 2015 en Hábitos alimenticios. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: